Soy José de San Martín, acabo de llegar a América, procedo de España aunque no soy bienvenido. Poco a poco me estoy ganando su confianza y tienen la misma idea para independizarse de España que tengo yo. Una semana después de haber llegado, se me encarga la formación de un regimiento de granaderos a caballo, para dar forma a un cuerpo militar disciplinado y bien entrenado.
La primera prueba de fuego de esta tropa, que también fue la primera que discipliné en América, fue el Combate de San Lorenzo, a orillas del río Paraná. En este enfrentamiento, estuve a punto de perder la vida al ser lanceado por un Realista, pero por fortuna mía, uno de los granaderos que discipliné se cruzó en el camino. Con mis 120 hombres, derroté a 250 infantes Realistas.
Los ascensos militares no me hicieron esperar, al igual que los nuevos destinos. En enero de 1814, se me hizo cargo de la comandancia del Ejército que combatió en el Alto Perú. Allí fue donde concebí una nueva planificación estratégica para derrotar al poderío realista que se encontraba en el Perú: era necesario pasar a Chile y desde allí dirigirse por mar hacia la capital virreinal. Fue por esta idea que al poco tiempo solicité el gobierno de Buenos Aires, en el cual se me nombró Gobernador de la provincia de Mendoza, lo que se hizo efectivo en agosto del mismo año.
El resultado de la Batalla de Rancagua puso a la región de Cuyo en una peligrosa situación militar, pues era altamente probable que el general español Mariano Osorio intentara cruzar la Cordillera de los Andes. Ante ello, adopté una serie de medidas militares que incluyeron la fortificación de Uspallata y la suspensión de toda comunicación y viaje hacia la banda oeste del macizo andino. Luego, me aboque en la formación del Ejército de los Andes, difícil tarea en la que conté con el decidido apoyo de O'Higgins. Era necesario crearlo de la nada: formar tropas, adiestrarlas, equiparlas, planificar el cruce, los servicios, la alimentación y un sin número de otros aspectos, los cuales fui resolviendo con gran dedicación.
Uno de los objetivos que más costaba cumplir era reunir información sobre el estado de los caminos por los pasos de Los Patos y Uspallata. Para ello, ideé un ingenioso ardid: envié hacia Chile al ingeniero Antonio Álvarez Condarco, con el pretexto de entregar a Marcó del Pont una copia de la Declaración de Independencia de las Provincias Unidas. Álvarez, de acuerdo a lo presupuestado por el general, cruzó hacia Chile por el primero de los pasos nombrados y se devolvió a Mendoza por el segundo. A su regreso, todos los detalles que había advertido en el camino fueron traspasados a los mapas.
El 18 de enero de 1817, la columna principal del ejército emprendió la marcha y a inicios del febrero siguiente mi columna se unió a la de Juan Gregorio de Las Heras en Curimón, en el Valle del Aconcagua. El 12 de febrero, estas fuerzas se enfrentaron a las tropas realistas que comandaba Rafael Maroto, derrotandolos en la cuesta de Chacabuco.
Pocos días después, rechacé, en Santiago, un ofrecimiento para gobernar el país. Ante ello, la asamblea de notables designó a O'Higgins.
Una nueva meta se presentó ahora en mi horizonte: la formación de la Expedición Libertadora del Perú. Sin embargo, antes era necesario vencer un inesperado obstáculo, la llegada de una nueva fuerza militar realista al mando del general Mariano Osorio. El triunfo de Maipú (5 de abril de 1818) me dio la tranquilidad para abocarme a los preparativos necesarios con el fin de realizar la gran gesta sanmartiniana.
Hacia 1820, la situación interna de Argentina se complicó, y el gobierno trasandino me pidió que cruzara la cordillera con sus tropas, pero desobedecí y permanecí en Chile. El 2 de abril de 1820, los jefes y oficiales del ejército, reunidos en Rancagua, me confirmaron como jefe de dicho cuerpo militar y, en consecuencia, el 6 de mayo siguiente, el gobierno chileno me designó general y jefe de la futura expedición.
A fines de agosto de 1820, la Expedición Libertadora del Perú que estaba integrada por alrededor de 5.000 hombres, zarpó de Valparaíso y en septiembre desembarcó en Pisco. El Virrey del Perú -cuyo territorio, desde la Batalla de Maipú, había pasado a una postura muchísimo más defensiva- preferí capitular a trabar el combate, por cuanto las victorias obtenidas por el general Arenales, a quien yo había enviado hacia el interior, eran un antecedente bastante claro de lo que ocurriría. Por ello, pude entrar en Lima sin disparar un tiro, y el 28 de julio de 1821 proclamé la Independencia del Perú. A los pocos días, fui nombrado Protector del Perú.